Enfrentando la nueva normalidad sin morir en el intento.

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¿Quién lo diría?

Diciembre es, por tradición, un mes de balances y reflexiones. Un mes donde miramos hacia atrás los casi 12 meses que hemos vivido y evaluamos lo bueno, lo malo, lo feo, lo inolvidable. Sin embargo, este diciembre fue distinto a todos los que nuestra generación haya vivido. ¿Recuerdas cuando despedíamos aquel lejano 2019 y entrabamos con felicidad y deseos de prosperidad a este nuevo año? ¡Éramos tan felices en esos días! Nos fascinaba todo. El cambio de década e incluso el mismo número 2020 lo veíamos con cierta pasión mística debido a su singular composición de “dos-cero-dos-cero”. Aunque en honor a la razón, todos los años son singulares, pero nos encanta encontrarle simbolismos a todas las cosas. Entre mis amigos teníamos mucho entusiasmo respecto a los años 20 del siglo XXI. Nos decíamos: “se vienen los años veinte, los años locos”…

Locos, sí… Pero creo no equivocarme ni mucho menos exagerar al afirmar que nadie, absolutamente nadie jamás imaginó qué tipo de locura nos tenían preparados nuestros años 20. Hace ya 100 años, el fin de la guerra se convirtió en una gran fiesta que se prolongó por muchos años, alcanzando costumbres, moda, música, forma de divertirse y la cultura. Pero para nuestro 2020, ¿Quién podría haber previsto lo que vivimos el año pasado? ¿Quién hubiera pensado lo que el destino nos tenía preparado? Oh, sí. Nuestros “años locos” están lejos de emular el jolgorio de su par de hace un siglo.

Pero como decía mi abuelo, no hay mal que dure cien años ni tonto que lo soporte. Este inolvidable año ya se fue (esperemos que sea para no volver), y junto a él parten imborrables experiencias que, finalmente, cambiaron el curso de nuestras vidas y nuestros hábitos para siempre.

Nos acostamos en un mundo, despertamos en otro

Durante años hemos considerado a nuestra civilización, nuestras costumbres y especialmente nuestros avances en el campo de la ciencia médica, un verdadero baluarte de seguridad y estabilidad. Nos sentimos invencibles. Pero bastó un virus, una microscópica entidad biológica pasando de un pequeño animalito a una persona allá, en un mercado en Asia a miles de kilómetros de nuestra realidad, para que viésemos cómo el mundo que conocíamos se transformaba de un cotidiano paisaje de personas ocupadas en sus asuntos a contagios, cubre bocas, alcohol en gel, lavandina, desinfectantes, familias separadas, cuarentenas interminables, personas con neumonía, personas conectadas a un respirador, personas que perdían el sentido del olfato, personas que perdían la vida… Re-aprendimos a lavarnos las manos a nivel médico cirujano, no dejando línea sin ser higienizada con fervor. Nadie quería exponerse a sí mismo o a su familia a lo que coloquialmente bautizamos como “el bicho”.

Y así fue como este “bicho”, a medida que transcurrían los meses y luego el año, nos enfrentó a una situación que como sociedad nos dio vuelta el mundo por completo: el distanciamiento y aislamiento social. Preventivo y obligatorio. Recuerdo los primeros días de esta pandemia: el tener que permanecer en casa de forma obligada hasta nos pareció agradable; ya sabes, estar en familia, rutina en pijamas y básicamente consumir el catálogo completo de Netflix durante las interminables horas de cada día (que se fueron tornando cada vez más interminables).

Pandemonium

A medida que las semanas pasaban, todo comenzaba a cambiar drásticamente y, tras esta oleada de cuidados y cuarentena estricta, vinieron las primeras transformaciones fuertes en nuestras vidas. Una de ellas trajo consigo una triste secuela adicional: la pérdida de miles de fuentes de trabajo. Mucha gente pudo continuar con sus funciones laborales desde su casa, reorganizando su vida por completo, pero otros no tenían esa posibilidad y de la noche a la mañana se enfrentaron a una pregunta de compleja respuesta: “¿Y ahora qué hago?”. Y es quizás en este momento cuando nuestro espíritu humano de superación dio el primer paso hacia lo que se convertiría en una nueva realidad.

El nuevo paradigma

A todos nos gusta internet; siempre nos ha gustado. Todos adoramos los smartphones, las redes, la conectividad, hablarnos en línea, mandarnos stickers y debatir en redes sociales. Pero, ¿pensamos realmente alguna vez que pasaríamos a depender completamente de la tecnología que por tanto tiempo usábamos sólo para socializar y divertirnos? Esa misma tecnología, que muchas veces criticamos por “robarnos la realidad”, se convirtió en nuestra única realidad de la noche a la mañana. Nos vimos lanzados de un momento a otro, sin previo aviso, a un mundo virtual de tiendas online, perfiles de Instagram donde la gente dejó de compartir fotos de sus gatitos para pasar a mostrar su nuevo emprendimiento: artesanías, barbijos y cubre bocas decorados y hechos a mano, chocolatería, tejidos, servicios de encomiendas y de mensajería efectuados por nuestros propios vecinos; la gente se movilizó como pudo y con lo que pudo.

Al mismo tiempo comenzaba a crecer otro paradigma que golpeó muy fuerte la vida de los más jóvenes y los niños: las clases online. Miles de profesores en el mundo dedicando muchas más horas que antes a ejercer la docencia, no sólo enseñando contenidos a sus alumnos sino que también atendiendo dudas por Whatsapp, explicando lecciones por Zoom o cualquier aplicación de video conferencia en tiempo real. La educación online se convirtió en la rutina diaria de millones de estudiantes en todo el mundo.

Aprendiendo a aprender

Pero la educación online no es algo recientemente descubierto. Tampoco es nuevo ni algo perteneciente a esta década que dejamos atrás. Antes se le conocía como “Educación a Distancia” y no es exclusiva del mundo digital. ¿Recuerdas esos cursos por correspondencia que se dictaban en los años ‘70 o en los ‘80? Pues sí, también eran educación a distancia. Al mencionarlos nos produce una sensación de antigüedad extraña, como si hubiese sucedido en un pasado lejano, tiempo del que quizá nuestros abuelos fueron testigos. Pero no. Hasta la década del ‘90, antes de la masificación de internet, la educación a distancia por correspondencia era la única forma en que se podía acceder a cursos que no eran dictados por los centros de estudios de nuestra ciudad de residencia.

Con el paso de los años y la creciente conectividad, la educación a distancia comenzó a girar hacia un entorno definitivamente más digital, y muchos modelos educativos que aún son utilizados nacieron en esta incipiente era virtual: un curso embalado en un software educativo o en un CD, lecciones para realizar en el orden que el temario nos solicitara, un tutor que nos monitoreaba permanentemente por teléfono o por mail, evaluando nuestros avances o solucionando nuestras dudas. Y a medida que pasaban los años, este sistema de educación a distancia creció considerablemente hasta experimentar una aceptación general. Es de esta aceptación masiva desde donde nace la educación online tal como la conocemos hoy, que va incluso mucho más allá de centros educativos para transformarse en una poderosa herramienta de emprendimiento.

Pero de la educación online y cómo transformó el mundo de los negocios vamos a hablar en un próximo post, ¿te parece? No me quiero adelantar. Por ahora entonces, recuerda usar cubre boca, lavarte las manos con frecuencia y mantener la distancia social. Así te cuidas. Así nos cuidamos todos.

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